Freud comienza dividiendo al hombre en dos clases: los que quieren para sí
y admiran en los demás el poder, el éxito y la riqueza. Aplicando cánones
falsos y menospreciando los valores genuinos de la vida. Y otros seres a los
que, aunque sus coetáneos les niegan la veneración, su riqueza reside en sus
cualidades, ajenas a las que respetan las grandes masas. Solo existe una
minoría selecta que admira a estos hombres.
Uno de estos hombres excepcionales es Romain Rolland, premio nobel de
literatura, amigo de Freud, con el que mandaba misivas. Freud, utilizando como
ejemplo una de las cartas en las que habla con Rolland, rebate la postura de su
amigo sobre el fin último de la religiosidad. Para su amigo este fin es la
sensación de eternidad a la que también llama sentimiento oceánicos, y es para él la fuente de la religiosidad
humana, este sentimiento esta en todos los hombres y los hace religiosos crean
o no en la religión. Pero esto no convence a Freud, no logra encontrar en él ese
sentimiento y busca darle una interpretación psicoanalítica. Comienza entonces
un estudio sobre el yo, afirma que
nada le parece más seguro al hombre que la existencia de su propio yo. Según estudia el psicoanálisis el yo se adentra dentro del hombre y acaba
juntándose con el ello, que es la
parte primitiva e innata de la personalidad. Al proyectarse al exterior, el yo sirve al ello como una especie de tapadera de los verdaderos instintos. Pero
este encubrimiento puede descubrirse mediante el enamoramiento. El
enamoramiento puede destruir la separación entre el yo y la relaciones con objetos del exterior, es decir, el enamorado
tendera a afirmar que yo y tú son
cosas iguales. Entonces si por una relación fisiológica, entre los distintos
seres vivos, se pueden romper los límites que marca el yo con el exterior, también una enfermedad podría acabar con estas
demarcaciones. Por lo que Freud deduce como primer principio que los límites
entre el yo y el exterior no son
inmutables.
Continuando con su análisis del sentido yoico, desde sus orígenes, dice
que el yo ha sufrido una evolución
según iba creciendo el hombre, y que cuando el hombre es lactante no sabe distinguir
entre el yo y el mundo exterior, por
ello busca cualquier objeto originado del mundo, que le produzca placer, ya sea un placer duradero
o temporal. El placer que más anhela es el seno materno, es un estímulo
temporal. Aquí es donde comienza a verse la separación entre el yo y los objetos del mundo externo que
el lactante necesita, y como para conseguirlo asocia a este estímulo la acción
del llanto. La separación se hace más evidente cuando el hombre intenta separar
del yo cualquier objeto que no le produce
ningún tipo de placer. Esta evolución hasta la edad adulta atrofia el sentido yoico.
Para confirmar esta evolución, Freud inventa metáforas sobre una ciudad
irreal, poniendo el ejemplo de la de Roma, en la que se pudieran contemplar todas
las edificaciones artísticas, de todos los periodos de la humanidad, sin tener
que destruir lo anterior para hacer algo nuevo. Pero algo así es imposible que
se pueda realizar en la realidad, por lo que Freud afirma que el único lugar
donde pueden persistir es en lo psíquico. Dentro de la mente humana pueden
persistir todos los estadios previos sobre algo junto con la forma definitiva.
En lo psíquico, puede acumularse todo el pasado y en los orígenes, el yo lo tenía todo sin necesitar estímulos
exteriores. Por lo que acaba aceptando que en ciertos seres, a no ser que se
haya destruido este pasado, existe un sentimiento oceánico o de eternidad.
En lo relativo a este sentimiento unido a la religión, considera que la
necesidad religiosa proviene de un desamparo infantil por falta de protección
paterna necesaria ante el mundo exterior que el yo percibe como una amenaza, y
por ello se aferra a la figura de un Dios padre todopoderoso que le protegerá
si algo malo le pasa y que lo perdonara si actúa mal.

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