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domingo, 18 de diciembre de 2016

Freud y el malestar en la cultura

Freud comienza dividiendo al hombre en dos clases: los que quieren para sí y admiran en los demás el poder, el éxito y la riqueza. Aplicando cánones falsos y menospreciando los valores genuinos de la vida. Y otros seres a los que, aunque sus coetáneos les niegan la veneración, su riqueza reside en sus cualidades, ajenas a las que respetan las grandes masas. Solo existe una minoría selecta que admira a estos hombres.

Uno de estos hombres excepcionales es Romain Rolland, premio nobel de literatura, amigo de Freud, con el que mandaba misivas. Freud, utilizando como ejemplo una de las cartas en las que habla con Rolland, rebate la postura de su amigo sobre el fin último de la religiosidad. Para su amigo este fin es la sensación de eternidad a la que también llama sentimiento oceánicos, y es para él la fuente de la religiosidad humana, este sentimiento esta en todos los hombres y los hace religiosos crean o no en la religión. Pero esto no convence a Freud, no logra encontrar en él ese sentimiento y busca darle una interpretación psicoanalítica. Comienza entonces un estudio sobre el yo, afirma que nada le parece más seguro al hombre que la existencia de su propio yo. Según estudia el psicoanálisis el yo se adentra dentro del hombre y acaba juntándose con el ello, que es la parte primitiva e innata de la personalidad. Al proyectarse al exterior, el yo sirve al ello como una especie de tapadera de los verdaderos instintos. Pero este encubrimiento puede descubrirse mediante el enamoramiento. El enamoramiento puede destruir la separación entre el yo y la relaciones con objetos del exterior, es decir, el enamorado tendera a afirmar que yo y tú son cosas iguales. Entonces si por una relación fisiológica, entre los distintos seres vivos, se pueden romper los límites que marca el yo con el exterior, también una enfermedad podría acabar con estas demarcaciones. Por lo que Freud deduce como primer principio que los límites entre el yo y el exterior no son inmutables.

Continuando con su análisis del sentido yoico, desde sus orígenes, dice que el yo ha sufrido una evolución según iba creciendo el hombre, y que cuando el hombre es lactante no sabe distinguir entre el yo y el mundo exterior, por ello busca cualquier objeto originado del mundo,  que le produzca placer, ya sea un placer duradero o temporal. El placer que más anhela es el seno materno, es un estímulo temporal. Aquí es donde comienza a verse la separación entre el yo y los objetos del mundo externo que el lactante necesita, y como para conseguirlo asocia a este estímulo la acción del llanto. La separación se hace más evidente cuando el hombre intenta separar del yo cualquier objeto que no le produce ningún tipo de placer. Esta evolución hasta la edad adulta atrofia el sentido yoico.

Para confirmar esta evolución, Freud inventa metáforas sobre una ciudad irreal, poniendo el ejemplo de la de Roma, en la que se pudieran contemplar todas las edificaciones artísticas, de todos los periodos de la humanidad, sin tener que destruir lo anterior para hacer algo nuevo. Pero algo así es imposible que se pueda realizar en la realidad, por lo que Freud afirma que el único lugar donde pueden persistir es en lo psíquico. Dentro de la mente humana pueden persistir todos los estadios previos sobre algo junto con la forma definitiva. En lo psíquico, puede acumularse todo el pasado y en los orígenes, el yo lo tenía todo sin necesitar estímulos exteriores. Por lo que acaba aceptando que en ciertos seres, a no ser que se haya destruido este pasado, existe un sentimiento oceánico o de eternidad.


En lo relativo a este sentimiento unido a la religión, considera que la necesidad religiosa proviene de un desamparo infantil por falta de protección paterna necesaria ante el mundo exterior que el yo percibe como una amenaza, y por ello se aferra a la figura de un Dios padre todopoderoso que le protegerá si algo malo le pasa y que lo perdonara si actúa mal.

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