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viernes, 25 de noviembre de 2016

El mito de Napoleón

El mito napoleónico sirve para ilustrar a la perfección la fuerza del arte como medio propagandístico en el pasado, tanto para ensalzar a un personaje o acontecimiento como para criticarlo. El caso de Napoleón, surge al mismo tiempo que se produce un cambio político importante en Francia, y un nuevo gobierno siempre necesita crear mitos para legitimarse ante sus enemigos, en el poder recién adquirido. Napoleón era la oportunidad perfecta, hijo nacido de la revolución, fue convertido por el arte en una leyenda que representaba en sí mismo todas las características del héroe nacional. Pero como otros personajes importantes de la historia, pasó por las fases de nacimiento, máxima potencia y caída del mito.

En los albores del mito, Napoleón era un general de origen corso nacido en una familia noble. Durante la revolución de 1789 simpatizó con los partidarios de Robespierre. En los años siguientes supo moverse entre los altos círculos dirigentes de la época y consiguió ascender en la carrera militar. Es enviado a Italia al mando de un ejército y allí es donde podemos situar el nacimiento de su leyenda militar, que le hizo ganarse la fama de invencible, al invadir Italia y crear la República Cisalpina. En 1799, Napoleón ya había vuelto a Francia de la guerra y había alcanzado casi todo el poder, siendo nombrado primer cónsul. Es en 1801 cuando aparece la primera imagen pictórica de su leyenda; es el cuadro de Antoine-Jean Gros Bonaparte en el puente de Arcole. La pintura es importante porque en ella toda la batalla está glorificada. Vemos a un Napoleón joven portando, con una mano, orgulloso, la bandera y en la otra la espada, parece que mira a sus tropas para que le sigan hacia la victoria. Lo vemos como la típica representación del héroe romántico, decidido hacia la batalla. El barón Gros seguirá aumentando la figura romántica de Napoleón con otros cuadros como Bonaparte visitando a las víctimas de la plaga de Jaffa.

Pero el cuadro por antonomasia es el de Napoleón cruzando los Alpes, pintado por Jacques-Louis David, el pintor de la revolución que acabó ligando su vida a la de Bonaparte. Es la representación máxima del héroe romántico en todos los sentidos: Napoleón es colocado a la altura de otros mitos como Aníbal o Carlomagno, que ya habían cruzado los Alpes en un paso lleno de penurias que nadie se atrevía a hacer. David lo representa vestido de general y con la capa ondeando al viento, montado sobre un impresionante caballo levantado sobre sus patas traseras, mientras su jinete, majestuoso, guía a las tropas a cruzar por las angostas montañas, haciendo posible lo imposible. Este cuadro también es una glorificación ya que ni el paso era tan complicado como en los siglos anteriores, ni al parecer Napoleón lo cruzó sobre tan majestuosa montura, sino sobre una mula como lo representó Delaroche en 1850, ya sin ningún ápice de la heroicidad y la majestuosidad del cuadro de David.

En 1804 fue coronado Emperador, el mito ya estaba construido y había crecido, ya no era necesario seguir endulzando el pasado de Napoleón como militar ni su llegada a lo más alto del poder. Se llega al momento de máximo esplendor. David fue nombrado primer pintor del Emperador y creó una serie de composiciones que deificaban la figura de Bonaparte, en La consagración de Napoleón de 1807 acaecida en Nôtre Dame, iglesia gótica que en el cuadro es pintada como si fuera neoclásica, los intereses del Emperador por encima de los símbolos. Y también destaca Napoleón I en su trono imperial de Ingres en 1806.

El Imperio vive una crisis en 1810 y la popularidad de Napoleón decae, comienza una especie de leyenda negra que le acompañará hasta su caída. En los últimos coletazos de su reinado, intenta aparentar que nada sucede y que tanto su poder como el ejército siguen siendo fuertes como representa El juramento de las águilas de David en 1810.

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